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Lucía era una niña muy curiosa. Y también muy ordenada. Le encantaba guardar cada juguete en su lugar.
Los bloques en su caja. Los libros en la estantería. Las muñecas sobre la cama.
Y su dinosaurio favorito siempre vigilando desde el escritorio.
Pero cada mañana ocurría exactamente lo mismo. Los libros aparecían en el suelo.
La lámpara estaba torcida. Los peluches habían salido volando de la cama.

Los juguetes parecían haber organizado una fiesta mientras ella dormía.

Una mañana, mientras recogían la habitación juntos, papá sonrió y preguntó:
—Lucía… ¿por qué desordenas tu cuarto todas las noches si pasas todo el día dejándolo perfecto?
Lucía abrió mucho los ojos.
—¡Yo no soy!
Y era verdad. Ella tampoco entendía qué estaba pasando.
Aquella noche decidió descubrir el misterio. Preparó una linterna. Puso su música avorita. Pero antes de que terminara la segunda canción… Se quedó profundamente dormida.
A la noche siguiente lo intentó otra vez. Jugó con sus muñecas. Inventó historias.
Hasta que una por una… Las muñecas parecieron quedarse dormidas y Lucía también.

Entonces llegó la tercera noche. Cogió su libro favorito. Era un libro lleno de hadas, jardines y mariposas. Mientras leía, los ojos comenzaron a cerrarse lentamente.